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Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo,

Permítanme compartir con ustedes algo que rara vez digo en voz alta: incluso para mí, tras años de celebrar la Misa, hay días en los que llego al altar y me doy cuenta de que he dejado que el misterio del amor de Dios se me escape. Las palabras me resultan familiares. Los gestos son rutinarios. Y, sin embargo, en algún momento entre mi llegada y la bendición final, distraído por los asuntos de la vida, he actuado de manera mecánica en lugar de reflexionar conscientemente sobre los sagrados misterios celebrados. Sospecho que no soy el único a quien le ocurre esto. Si bien el sacramento sigue siendo eficaz en estos casos, no nos beneficiamos espiritualmente del encuentro como lo haríamos si estuviéramos plenamente atentos.

Creo que ese es el mayor riesgo con todo lo sagrado: que, debido a que siempre está ahí, se convierte en ruido de fondo y dejamos de verlo por lo que es. La Misa es la fuente y la cumbre de toda nuestra vida como Católicos. Sin embargo, es posible estar presente en el misterio más extraordinario del universo y salir de allí sin haberlo apreciado debidamente, simplemente porque no prestamos atención o no somos conscientes de lo que acabamos de experimentar.

La realidad es esta: lo que ocurre cada vez que se celebra la Misa es impresionante, y nada menos que la acción salvadora de Dios en el mundo. El Misterio Pascual, el sufrimiento, la muerte y la resurrección de Jesucristo, no es un mero recuerdo de acontecimientos pasados en la Misa. Esas acciones sagradas del pasado se hacen presentes para nosotros. Ahora. En este altar. En esta iglesia. Con esta comunidad. ¡Jesús está aquí, ofreciéndose a sí mismo y resucitando de entre los muertos, hoy, por ti, por mí, por cada uno de nosotros! Si fuéramos conscientes de esto, estaríamos maravillados cada vez que cruzáramos las puertas de la iglesia.

Por eso les escribo hoy: para invitar a todos en nuestra diócesis a un camino de dos años de renovación litúrgica al que llamamos Renovados en la Mesa del Señor. Esto no es un programa. Es una invitación a ver de nuevo y a redescubrir la maravilla que ya nos espera cada vez que nos acercamos a la Mesa del Señor para la Misa.

Es útil recordar que incluso algo tan sagrado como nuestra liturgia puede perderse en el ajetreo de nuestras vidas. A diferencia de nuestras actividades diarias, la Misa no es algo que iniciamos nosotros. Es Cristo quien nos convoca a reunirnos para la Liturgia. Él reúne a su pueblo; nos invita al misterio de su amor redentor. En la Liturgia, estamos respondiendo activamente a algo que Él ya ha iniciado.

Así pues, el Concilio Vaticano II nos llama a participar en la liturgia de manera plena, consciente y activa. No se trata de hacer más cosas: no es que todos deban ser lectores o miembros del coro. Significa responder con todo nuestro ser —con todo lo que somos— nuestro dolor, nuestra distracción, nuestra gratitud, nuestra duda. Todo ello. Y dejar que Cristo transforme nuestros corazones y nuestras vidas a través de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre. Esto es lo que impide que la Misa sea solo otro evento rutinario mientras pensamos en nuestra lista de compras o en el partido de la tarde.

Hay un momento en la Misa al que vuelvo cuando pienso en esto: la presentación del pan y el vino en la Preparación de las Ofrendas. Este sencillo ritual tiene un profundo significado. Un texto cristiano del siglo uno dice esto sobre el pan ofrecido en la Misa: “Como este pan fue repartido sobre los montes, y, recogido, se hizo uno, así sea recogida tu Iglesia desde los límites de la tierra en tu Reino” (Didaché 9:4). El pan y el vino nos representan a nosotros, reunidos desde nuestros hogares y vidas individuales —con nuestros dolores, alegrías, fracasos y esperanzas cotidianos— llevados al altar y ofrecidos a Dios para ser transformados. No somos observadores pasivos en la Misa. Estamos ahí porque Dios nos ha llamado. Y esa transformación está destinada a ocurrir en ti y en mí, personalmente, en cada ocasión.

Y así, esta primavera, comenzamos nuestra Renovación Litúrgica diocesana con los Ritos Iniciales: esos momentos de apertura de la Misa en los que nos reunimos como un solo cuerpo, reconocemos nuestra necesidad de la misericordia de Dios y alzamos nuestras voces en alabanza antes de escuchar Su Palabra. En las próximas semanas, su parroquia ofrecerá reflexiones, artículos para el boletín y recursos para ayudarles a descubrir el rico significado que encierran esos momentos tan familiares. Y, a lo largo de los próximos dos años, recorreremos juntos cada una de las partes de la Misa, tiempo litúrgico tras tiempo litúrgico.

Aquí hay algunas ideas que recomiendo para ayudarnos a prepararnos en las próximas semanas:

  • Llegar unos minutos antes. Hacemos esto para aquietar nuestro corazón. Mira los rostros a tu alrededor y recuerda que este es el Cuerpo de Cristo.
  • Traer lo que es real. No venimos a Misa como pizarras en blanco ni como santos plenamente realizados. Ven con lo que sea verdadero para ti esta semana: alegría, agotamiento, ira, dolor. Llévalo al Señor en gratitud y petición. La liturgia tiene espacio para todo eso. Cristo espera precisamente eso.
  • Alza tu voz. Dios no pide cantantes profesionales. Pide personas que oren. Tu voz, por humilde que sea, tiene su lugar en el canto de la Iglesia.
  • Lee los materiales litúrgicos que comparte tu parroquia. Los artículos del boletín parroquial sobre las diversas partes de la misa, el sitio web diocesano y las enseñanzas después de la misa son tus compañeros en este camino. Deja que te abran la liturgia de nuevas maneras.

Mi oración más profunda es que, a través de esta renovación, cada uno de ustedes experimente lo que me ha sostenido a través de todos los desafíos de mi propia vida y ministerio: que la Misa no es simplemente un ritual que observamos, sino un encuentro en el que participamos. Espero que, cada vez que salgan de la Misa, lo hagan profundamente convencidos de que acaban de ser encontrados – y de que siguen siendo acompañados- por el Dios vivo, que los conoce personalmente, que sabe lo que llevan en el corazón y que los ama más de lo que pueden imaginar.

Recorramos este camino para ser Renovados Juntos en la Mesa del Señor.

Sinceramente suyo en Cristo,

Reverendísimo Oscar Cantú
Obispo de San José