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Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

En la mitología Griega, el titán Prometeo robó el fuego a los dioses para entregárselo a los humanos, otorgándoles así el poder de construir la civilización, desarrollar la tecnología y avanzar en el conocimiento. Prometeo fue castigado por Zeus, quien deliberadamente había privado a los humanos del fuego para mantenerlos impotentes y dependientes de los dioses. Para los antiguos griegos, el fuego representaba el desarrollo, la tecnología y la civilización, ya que permitía a la humanidad calentarse, cocinar y fabricar herramientas. Representaba la base de la civilización.

En contraste, en la Vigilia Pascual, la celebración más sagrada del año litúrgico Católico, la liturgia comienza fuera de la iglesia con la bendición del fuego. La oración de bendición dice: “Oh Dios, que por medio de tu Hijo has dado a los fieles el fuego de tu luz, santifica + este fuego, y concédenos que la celebración de estas fiestas pascuales encienda en nosotros deseos tan santos que podamos llegar con corazón limpio a las fiestas de la eterna luz.” En pocas palabras: Dios enciende un fuego en nosotros para que anhelemos el cielo y vivamos en su luz. A diferencia de Zeus, nuestro Dios comparte el fuego con nosotros, no para controlarnos, sino para guiarnos hacia su gloria celestial.

La humanidad tiene un propósito glorioso. En la tradición bíblica, Dios crea al ser humano a su imagen y semejanza (Gn 1:27), llamándonos desde el principio a vivir en armonía y comunión con Él. Nos otorga inteligencia y libre albedrío, y establece límites claros que no debemos traspasar (representados por el “árbol del conocimiento del bien y del mal,” cf. Gn 2:17). Así, aunque Dios nos crea a su imagen y semejanza, seguimos siendo seres humanos finitos; no somos dioses, y sin embargo, estamos llamados a participar de su glorioso esplendor.

El santo del segundo siglo, Ireneo, afirmó que “la gloria de Dios es el hombre plenamente vivo y la vida humana consiste en contemplar a Dios.” Aquí se establece un hermoso diálogo: Dios se deleita en nuestro bienestar cuando prosperamos; y alcanzamos nuestro máximo potencial cuando vivimos en comunión con Él. Así, el Dios bíblico no es mezquino ni celoso como Zeus en la mitología Griega, que guardaba sus dones solo para mantener a los humanos impotentes y dependientes. Al contrario, el Dios bíblico crea a la humanidad con inteligencia y libre albedrío, deseando que florezca. La humanidad alcanza su máximo esplendor cuando está en comunión con el Creador, un Dios personal y amoroso. Nuestro Dios anhela lo mejor para nosotros y nos brinda las herramientas para alcanzar, mediante la gracia de Cristo, esa gloria.

El Papa León nos recordó la sabia y profunda reflexión de San Agustín cuando afirmó, “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.” En efecto, Dios nos creó para que encontráramos nuestra plenitud en él, y por eso nuestra felicidad suprema se halla en el Dios de la gloria. Nada más podrá jamás satisfacernos plenamente.

Dios nos infundió el fuego de su amor, el anhelo de lo divino, de lo trascendente, de algo superior a nosotros mismos. Encendemos ese fuego amando a Dios y al prójimo. No necesitamos llevar un “fuego robado,” pues Dios lo ha infundido en nuestros corazones y almas desde el principio para que podamos tener amistad y comunión con el Creador amoroso. Así, con ese fuego de fe, construimos junto a Dios una civilización del amor: el Reino de Dios. Especialmente en este tiempo de Pascua, al contemplar el Cirio Pascual en nuestras iglesias, encendido por el fuego Pascual, gloriémonos en el Dios que comparte con nosotros el fuego de su amor. ¡Felices Pascuas!

Reverendísimo Oscar Cantú
Obispo de San José